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EDITORIAL
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LA PRESIDENCIA SIN VERGÜENZA El señor Felipe Calderón inauguró en México un nuevo estilo personal de gobernar: la Presidencia sin vergüenza. Que razón tenía el ex presidente José López Portillo, cuando afirmó que traspasados ciertos límites, México corría el peligro de transformarse en un país de cínicos. Desde hace meses casi no pasa semana en la cual no se denuncien nuevos hallazgos de tropelías, corruptelas, acciones antipatrióticas, delitos tipificados por el derecho penal, administrativo o civil y, a pesar de ello la nave del Estado, dando tumbos y bandazos, continúa precariamente su marcha casi como si nada estuviese pasando. Un día son decenas de contratos presuntamente fraudulentos otorgados por PEMEX, adjudicados a la familia del secretario de Gobernación. Otras son denuncias documentadas de acciones de macro empresas que evaden el pago de impuestos al fisco, con la complicidad directa de las autoridades de Hacienda. En otras se aprecia la mano cómplice de adjudicaciones sin licitación o concurso previo en dependencias como la Secretaría de Comunicaciones, otras son erogaciones millonarias para el dispendio. Pero las más peligrosas son aquellas que atentan contra la seguridad nacional, porque patentizan acuerdos que, en lo obscurito, han servido para restarle soberanía a la nación como aquellos que permiten y avalan la operación de fuerzas paramilitares estadounidenses en nuestro territorio, como las que puso en evidencia el ilegal tránsito de personas de nacionalidad cubana por nuestro territorio, operación que fue encubierta por las autoridades migratorias de la Secretaría de Gobernación y por la SIEDO de la Procuraduría General de la República. Sin embargo, y a pesar de lo descrito, aquí no pasa nada. Se extiende un espeso velo de impunidad cubre todas esas conductas delictivas. La Presidencia de la República (formal) ha perdido todo el respeto de los mexicanos e insiste con todo el cinismo del mundo en proteger a centenas de funcionarios corruptos como si fueran blancas palomas de la paz. Nadie se percata de la enorme debilidad del Estado, porque la fortaleza de éste no depende de la cantidad de efectivos militares que lo respaldan. Sin la fuerza moral que debe detentar la autoridad el gobierno vale muy poco. Pronto llegará el momento en que los ciudadanos, o al menos la mayoría, no cumplan con las disposiciones legales, porque ¿con qué derecho se exige a los ciudadanos el pago de sus impuestos, si el Gobierno Federal otorga mecanismos espurios para eximir a los poderosos empresarios del pago de los mismos? Del gobierno sordo y el gobierno injusto se transita necesariamente, al gobierno autoritario. Y, si ese es el camino que marca la insensibilidad de la autoridad central del Estado, entonces que se atengan a las consecuencias.
Gerardo Reyes Gómez 20 de julio de 2008
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