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| ¿UN
GENOCIDIO SIN GENOCIDAS? Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 07-01-02) En
nuestro artículo anterior sobre el caso de las doscientas sesenta y un
mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, aseguramos que nuestras
investigaciones nos llevaron a concluir los siguiente: a) que se trató de
un genocidio organizado internacionalmente; b) que el objetivo del mismo
era el tráfico internacional de órganos humanos; y c) que los grandes
culpables quedaron impunes. Los
esfuerzos de la red criminal estuvieron encaminados a detectar y
satisfacer la demanda de órganos humanos, por parte de un mercado
caracterizado por su alto poder económico. Además, esa misma red,
seleccionó a las jóvenes víctimas que deberían ser asesinadas y
mutiladas para proveer órganos vitales, dentro de un estrato bien
definido de la población juarence, ello aseguraría mantener reclamos de
bajo perfil social bajo control y, quizá lo más importante: la red del
innoble comercio consiguió impunidad para hacer prosperar el negocio y
mantenerlo operando durante años (recordemos que el genocidio se inició
en 1993). Durante
el periodo mencionado las investigaciones que llevó cabo la autoridad
formal del Estado de Chihuahua sospechosamente no lograron esclarecer el
caso, a pesar de abundar los indicios y las pruebas suficientes como para
haber hecho nacer una denuncia internacional
y una condena generalizada nacional del un gran crimen cometido
contra el género femenino. Y, no nos hagamos los tontos o los ignorantes,
conociendo las estructuras de poder político del Estado mexicano, eso no
podría haber sucedido sin la aprobación del gobernador del Estado. Esa
veta de la investigación nos llevó a entrevistar a gente que conoce de
cerca Francisco Barrio
Terrazas, y la experiencia no dejó de ser una sorpresa, ya que todas esas
personas aseguran con firme contundencia que Barrio sería incapaz de
participar en una red criminal como la que hemos descrito, debido los
principios religiosos con los que comulga. Sin embargo, y a pesar de ello,
la impunidad se brindó desde los altos niveles de la autoridad política,
lo que nos llevó a hacernos la siguiente pregunta: ¿quién tiene
autoridad suficiente para ordenarle a un gobernador echarle tierra encima,
para encubrir un asunto tan delicado como el genocidio que nos ocupa? La
respuesta, de tan simple, parece obvia, solo el presidente de la república
o alguien muy cercano a él. Y en esos momentos (1993) el jefe del Poder
Ejecutivo era Carlos Salinas de Gortari. Como
podemos observar Francisco Barrio no es el prototipo de la blanca paloma
de la paz y, sin embargo, fue seleccionado por los “head hunteres” de
Vicente Fox para hacerse cargo de la Secretaría de la Contraloría, lo
que en palabras llanas significaría un especie de “Vigilante de la Ética
de lo Servidores Públicos, lo cual hace aún más sospechoso todo el
asunto. Y todavía no contento con ello y ante la presión social, e
incluso reclamos internacionales de consideración Fox se ve obligado a
actuar y, a regañadientes, atrae el caso para que sea la Procuraduría
General de la República la que lleve
cabo las investigaciones posteriores, sabiendo, como ya lo sabe de
sobra, que la PGR es un pozo sin fondo de corrupción e ineficiencia. ¿Acaso
se trata de continuar brindando impunidad desde Los Pinos? ¿Por qué no
se investigaron suficientemente las conexiones de la red internacional que
cometió el genocidio dentro de los EE.UU.? ¿A quién está tratando de
proteger Vicente Fox? Sabemos que Barrio ya está siendo atacado desde dentro de la estructura de poder pero ¿acaso eso asegura que se hará justicia? |
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