LA UNAM
AFRONTA EL PELIGRO DE LA INESTABILIDAD
Por Gerardo Reyes Gómez (LD
14-10-02)
Se
avecinan días difíciles para la Universidad Nacional, el proceso de
sucesión de rectoría llenará en los meses inmediatos todos los espacios
y hasta los pequeños resquicios donde se crearán expectativas. La
administración central de la gran casa de estudios recién reconoció la
semana pasada que le será imposible, a la Comisión de la Reforma
Universitaria, cumplir con su objetivo para transformar la UNAM.
Habiendo
sido el objetivo mencionado la principal bandera enarbolada, ante la Junta
de Gobierno, por el rector Juan Ramón de la Fuente, para poder acceder al
puesto de jefe nato de la Universidad, todo hace parecer que su reelección
se vino a pique. Y es una lástima porque, a pesar de la inestabilidad
manifiesta en varios ámbitos de la política nacional que en no pocas
ocasiones ha estado a punto de concitar la franca ingobernabilidad, la
Universidad, en mucho gracias al actual rector, se ha mantenido estable y
ocupada en lograr sus propósitos de ofrecer educación de calidad, al
menos dentro de los parámetros considerados como tradicionales con la muy
complicada estructura social de su población estudiantil. Sin embargo,
profundamente temerosa por un clima adverso, no solamente en lo político,
sino terriblemente desfavorable en lo económico, la UNAM se resiste a
cambiar y, especialmente, cuando la tendencia de la globalización en la
educación, expuesta a través de los organismos internacionales de
control total, como son el FMI y el BM, la quieren conducir a adoptar un
modelo que, de antemano, se considera brutalmente injusto para la población
en su conjunto.
En la
UNAM, de alguna manera, participa en su gobierno una complicadísima trama
de núcleos de poder formados por grupos político-académicos, político-administrativos,
político-gremiales, facciones de científicos, asociaciones
profesionales, grupos de intelectuales conectados con el poder público, y
otros, donde normalmente se encuentra bien representada desde la más
recalcitrante izquierda, hasta la más rabiosa ultraderecha, pasando por
una amplia medianía entre los puntos equidistantes, y sin olvidar el
extremo centro. En suma, la UNAM es una amplia red de intereses de grupos
donde conviven, más o menos pacíficamente, los grandes jefes de
“familia”, formada, fundamentalmente, por algunos ex rectores que
cuidan que sean respetados los cotos, acuerdos y pactos, preservando, en
todo lo posible, privilegios y algunas prebendas. No obstante, en épocas
de escasez económica, los equilibrios entre los grupos se tornan difíciles
de lograr y un proceso de sucesión complicado torna explosiva la situación,
en especial cuando prácticamente no existe el arbitraje presidencial, que
el partido de revolucionario ejerciera, las más de las veces, aunque no
siempre, con efectividad, mesura y discreción.
Si
fuera válido establecer una analogía para explicar el momento que vive
la UNAM, diríamos que el presidente Vicente Fox se sacó en la rifa del
tigre del 2 de julio del 2000, a la Universidad, que bien podría ser como
una caja de finísimos habanos que, enviados como un regalo de Fidel
Castro al presidente, podrían estallarle ante la cara a cualquiera que
los fume.
Si
alguno grupo de los grupos priístas más agraviados quisiera
desestabilizar en serio al poder central federal, éste sería el momento.
Sí, es cierto, la gran casa de estudios todavía está en paz, pero: ¿por
cuánto tiempo?
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