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| ESE QUIJOTE Por Gerardo Reyes Gómez (LD 02-07-01) A ese
caballero andante le faltó un poco de congruencia; no confió en su
equipo de “headhunters” para seleccionar a su bella Dulcinea. De haber
querido, ese Quijote, hubiera podido ordenar que le encontraran una compañera
de magnífica figura y poco entendimiento, como la que se buscó el ex
presidente Carlos Saúl Menem, por lo menos que le encontraran una
precandidata a Miss Universo, pero que además la dama poseyera un gran
sentido de solidaridad social, como el que ampliamente despliega la señora
Rigoberta Menchú. Si aún con lo anterior todavía se mostrara inconforme
ese Quijote, entonces podría haber impuesto como requisito adicional, que
sí fuera inteligente, como Soledad Loaeza o la ex canciller Madelaine
Albrigth, un poco menos protagónica que la señora Lajous (la ex del
canal 11) pero dueña de una
amplia, profunda y sólida cultura (?) como la de la señora Sara
Guadalupe Bermudez y, asimismo, con sobrado buen gusto para poder
maquillarse con esos polvos que utilizan el principal ingrediente del
Rompope Santa Clara, exactamente como los que usa la señora Margaret
Tatcher. Esto es, el caballero hidalgo hubiera podido exigir todo un
dechado de virtudes. Sin
embargo, al parecer, no fue así. Ese Quijote, ni siquiera pensó en sus
“headhunters”. Pasándose por debajo de sus tumbas etruscas la
congruencia, terminó por pedirle a Cupido la mejor de sus ayudas. Que le
consiguiera, así fuera en Tingüindin, ese alejado paraíso michoacano
muy cercano espiritualmente al histórico Toboso, una compañerita de
media rodada, no muy brillante, pero eso sí, leal hasta la muerte, capaz
de besar la huella de sus
botas, que fuera dulce madrastra de sus problemáticos retoños, y que
llevara, aunque fuera con bien fingida humildad, el titulo de primera dama
de los modernos neoliberales mexicas. Esta
Malinche, convertida en Dulcinea, estaba predestinada a reinar desde Los
Pinos. A dejar su impronta en los asuntos del Estado, a imprimir su estilo
en las contradicciones de la comunicación oficial, a recibir desmesurados
como cursis reconocimientos y homenajes, a meter al orden a los
secretarios de Estado indisciplinados y dicharacheros, a enmendarles la
plana a los inexpertos miembros de la administración federal y desfacer
los entuertos con los medios. Por lo
pronto, ese Quijote, el Quijote de nuestra historia, se quedó sin voz o,
al menos, un poco afónico. Pero como a todo se acostumbre el hombre,
menos a no comer, pronto se olvidará la audiencia política mexica
de esa vocesita de niña consentida y aplicada que intentaba sin
mucho éxito, difundir esos mensajes que con grave, fuerte y ronca voz
avienta atropelladamente, un día sí y otro también, el valiente
caballero que vela lanzas, antes de batirse denodadamente con los molinos
de viento. Don Norberto, el de la Mitra, está que trina. Desde las alturas políticas nos están dando el ejemplo de cómo vivir en la “irregularidad” (esto es, pecado) pero qué se le va a hacer. Nadie es perfecto... y ese Quijote no es la excepción.
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