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GRACIAS, SEÑOR PRESIDENTEPor Gerardo Reyes Gómez. (LD 18-09-01) Para
ser franco, nunca creí que llegaría esta fecha: el día en que, haciendo
a un lado el orgullo, reconocería con toda honestidad que le estoy
profundamente agradecido a don Vicente Fox, no obstante justo es
aceptarlo: honor a quien honor merece. Todavía
no salgo de la sorpresa, especialmente cuando él, el jefe del Ejecutivo,
haciendo gala de toda su fuerza de voluntad y ante miles y miles de
mexicanos, pendientes de sus palabras durante la ceremonia de “el
Grito” la noche del 15 de septiembre en Palacio Nacional, se mordió uno
y la mitad del otro, para no pronunciar, después de los ¡Viva México!,
su grito más auténtico y sentido: ¡Viva la Coca-Cola! Y
le estoy muy, pero muy agradecido al señor presidente, porque sabiendo
como anhelaba pronunciar ese grito, que hubiera nacido de lo más profundo
de sus entrañas, se contuvo para no ofender a millones de mexicanos. En
esta ocasión los ejecutivos de la famosa transnacional que se ocupa de
producir las aguas sucias del imperio, perdieron una oportunidad de oro
para reponerse de los golpes bajos y, porque no decirlo, también de los
golpes altos, como los propinados a las dos torres del Centro de Negocios
en Nueva York. Sin
embargo, al día siguiente, el 16, día del tradicional desfile militar,
don Vicente Fox, el también jefe nato del Ejército Mexicano no se midió;
como la noche anterior, llevó a parte de su familia al balcón central de
Palacio para recibir los honores militares y en un cierto momento, nuestro
pedestre presidente colocó a su hijo frente a él, para que tuviera el
mejor panorama de la parada militar. Como resultado de ello, las
salutaciones de las columnas de los diversos cuerpos del Ejército,
presentaban armas y saludaban, primero al hijo del presidente y, en
segundo término al jefe del Ejecutivo. La falta de cultura histórica y
política del señor de Los pinos, le impidió darse cuenta que el
protocolo no está para romperse siempre que se le antoje y que su hijo,
por muy querido y consentido que sea, no tiene derecho a recibir los
honores que se otorgan a un jefe de Estado, ni de parte de los generales,
ni de la población que sorprendida evaluaba, sin quererlo, la conducta de
un presidente que no sabe de formas de respeto y adopta formas de
estulticia, casi cada vez que abre la boca o cambia usos y costumbres de
un ceremonial. Así que, si por un lado alabamos y agradecemos lo que hizo el día quince (o lo que dejó de hacer) por otro lado, respetuosamente criticamos lo que creemos no son minucias y sí altamente reprobable. |
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