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| RÉQUIEM
PARA UN PRESIDENTE Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 22-10-01) A
pesar del dolor que embarga al mundo, se impone abordar un asunto que, de
tan dramático, pronto se convertirá en tragedia: la muerte del
presidente. Él
todavía no lo sabe y menos aún se atreverá a aceptarlo, pero está
desahuciado y mucho antes de lo que alguien pudiera esperar olerá a cadáver.
Y eso es justamente lo sorpresivo, porque nadie hubiera podido prever que
en un tiempo récord dilapidaría casi la totalidad de su capital vital
político. En
México todos los presidentes, explícita o implícitamente, desde el día
de la toma de posesión comienzan a pensar en el momento cumbre de su
mandato: aquel en el cual deciden quién será su sucesor. Para tal propósito
requieren llegar a ese instante con toda la fuerza política que les sea
dable conseguir. Don Vicente Fox, como catapultado a un tobogán parecía
que arrollaría a todo lo que tuviera enfrente para conseguir uno de sus más
preciados objetivos: ejercer el poder en México durante un período de al
menos veinticinco años, si no para ejercerlo personalmente, sí dejar el
modelo funcionando para que sus herederos políticos condujeran el
carruaje del Estado por el sendero que él había trazado. Sin
embargo, y a pesar del desbordado como irracional optimismo del señor
Fox, no todo es dulzura en este atribulado mundo. En un periodo temprano
de su mandato, varios observadores agudos de sus conductas comenzaron a
descubrir lo que en un principio parecían tenues desvíos de la rectitud
a la cual está obligado un presidente, pero que, a medida que el tiempo
transcurría y vistos a detalle, formaban un cuerpo de nuevas modalidades
de una corrupción más sofisticada, más elaborada y en ocasiones más
sutil. Quizá
no es cierto que el señor Fox se sienta mucho más a gusto fuera del país
que dentro de él, pero en los primeros nueve meses de su mandato actuó
como un desenfadado viajero a quien poco le importan las opiniones de sus
compatriotas y en época de plena austeridad y crisis económica logró
acumular más kilómetros en sus itinerarios que cualquier otro de sus
antecesores en toda su gestión como presidentes. Todo
parecía indicar que Fox no había llegado al poder para gobernar a su país,
sino a realizar las mejores relaciones públicas internacionales,
ofreciendo a propios y extraños la venta de activos estratégicos como el
petróleo, la energía, potencial geopolítico, los recursos humanos y
cualquier cosa, susceptible o no de ser vendida o empeñada a cambio de
migajas y promesas de buena voluntad. La
gota que derramó el vaso fue cuando en forma por demás autoritaria, el
señor Fox decidió realizar otro viaje de luna de miel. Utilizando los
recursos públicos y ofreciendo como pretexto la necesidad de establecer
mejores relaciones con los inversionistas de naciones amigas, se lanzó a
recorrer medio mundo con su compañera a cuestas. La señora de Fox, sin
medir las consecuencias, se hizo acompañar de periodistas representantes
de los medios, pero encargadas de promocionar exclusivamente la imagen pública
de la primera dama (alguna debió cumplir ambos objetivos: la promoción
de ambos) y todo con cargo al paupérrimo erario federal, del que son
obligados contribuyentes los causantes mexicanos. Los resultados de la gira de miel pasaron ya a formar parte del anecdotario del ridículo, en el capítulo de los presidentes cursis y de sus señoras más corrientes que comunes. Sin embargo, lo que sería digno de destacar a este respecto, es que esas irresponsables como onerosas actitudes presidenciales han llevado a pensar a los mexicanos que el señor Fox perdió toda oportunidad de mantenerse vivo en el espectro político y que, ya para este momento, carece de toda autoridad moral para ejercer un liderazgo efectivo y completo como el que requiere el país en los tiempos de la aguda crisis que se avecinda en el futuro cercano. Él ya no está en posibilidad de ejercer el papel de factótum en el proceso de sucesión presidencial, lo que significa que muy pronto estará políticamente muerto. A esto se debe lo del “réquiem a un presidente”. |
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