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| LAS
MUERTAS DE JUÁREZ Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 24-11-01) Ha sido práctica común que el Poder Ejecutivo mexicano utilice cortinas de humo, cuando las cosas se tornan extremadamente difíciles. Son métodos de distracción para mantener la atención de la opinión pública ocupada en asuntos de interés secundario, mientras en otros planos de la gobernación se resuelven asuntos verdaderamente torales para el futuro de la nación. Sin embargo, esta vez se les pasó la mano, una de las cortinas que tendieron es de tal importancia que no podemos dejar de referirnos a ella sin cometer una muy grave injusticia: me refiero a las niñas muertas en Ciudad Juárez. En ocasiones como esta es imposible, para el comunicador que se respete, dejar de lado el recuerdo de aquella famosa carta de Emilio Zola, en la cual defendía al judío Alfredo Dreyfus injustamente acusado por la autoridad militar francesa y purgando una condena tan injusta como su propio proceso. Zola, hoy como ayer, se hubiera indignado hasta la médula de los huesos, de haberse enterado del genocidio cometido en contra de las mujeres casi niñas o, si se quiere, de las niñas casi mujeres. Doscientas sesenta y una víctimas asesinadas y violadas, no solamente por los autores físicos del genocidio sino, además por el sistema político, local, estatal y federal, que ha procurado impunidad, en lugar de aplicar la justicia. El ¡yo
acuso! de Zola hubiera sonado como un estrepitoso trueno en medio de una
tempestad de indignación, haciendo responsables a todos aquellos
funcionarios, bajos, medianos y altos, que han tenido en sus manos la
posibilidad de esclarecer los crímenes y, debido a las brutales presiones
que parten siempre de las jerarquías más altas del poder político, han
dejado de cumplir con su condición de servidores públicos, de padres de
familia y de hombres bien nacidos. En esta tesitura se encuentran todos
los presidentes municipales que han ocupado ese puesto en Ciudad Juárez
desde 1993 a la fecha, sin olvidar al actual. Asimismo todos los
gobernadores que han ejercido el poder en ese mismo lapso y por extensión
hasta los presidentes de la República que, gobernando desde el centro, se
han desentendido, si no es que desestimaron un genocidio que quedará como
una mancha roja en la historia de un país que pronto se arrepentirá de
no haber actuado en forma solidaria para desenmascarar a ese grupo seudo
religioso y fundamentalista de asesinos, así como a sus cómplices, tan
culpables como ellos. ¿Con qué
cara puede ingresar a un templo el presidente Fox y persignarse tan
quitado de la pena, sabiendo que fue él quien premió a uno de esos ex
gobernadores de Chihuahua, nombrándolo secretario de Estado en su
Gabinete? ¿Cómo fue que los tan profesionales “head hunters” al
servicio del entonces presidente electo pudieron equivocarse tanto con
Francisco Barrio Terrazas, el contralor de plastilina, cuando, por ejemplo
fueron capaces de rechazar a la mejor candidata para la Dirección de
CONACULTA, solo porque ella no estaba en contra del aborto, y se vieron
forzados a recomendar para CONACULTA a la más inculta de las personas
que, sin embargo, gozaba de las simpatías de quien después sería la
primera dama? Si el señor Fox no sabe quién es Barrio Terrazas, nosotros se lo podemos decir. Como un adelanto podríamos participarle que, por lo pronto, es el funcionario más relevante que le brinda impunidad a los asesinos de las muertas de Juárez. |
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